febrero 29, 2024
Flaubert

Flaubert

Emilia Bernasconi

¿Historia o Literatura? Esta pregunta habilitó durante décadas un debate entre expertos que permitió escuchar ideas en torno de lo que podríamos considerar como formas diferentes de un relato. El empeño entre la realidad  y la ficción, esa batalla tan antigua como la cuestión homérica atraviesa a ambas disciplinas de forma tal que una y otra parecen haberse acercado: la historia busca narrar con elegancia literaria, y la literatura quiere escaparse de la historia (luego de haber coqueteado con ella por siglos) en busca de un estilo propio. Creemos que es en el siglo XIX cuando se produce este conflicto, y para más precisión, cuando algún autor, entre los que consideramos a Gustave Flaubert, pone en tela de juicio la historia lineal de la novela, que había dominado desde el realismo el estilo literario. Nos referimos para más datos a su obra “Bouvard et Pecuchet”, ese extraño proyecto que el escritor francés diseñó como un campo de batalla por abarcar todo el saber, en manos de dos personajes ridículos, que se sumergen en el conocimiento ilimitado de diferentes disciplinas y artes, poniendo en ello todo su esfuerzo, dedicación y fortuna hasta agotarlos todos, hasta descubrirse improductivos y, por ello mismo, inútiles. En el siglo del máximo desarrollo del capitalismo, Bouvard y Pecuchet representan lo opuesto, en un asilamiento de anhelo intelectual que los castra social y, en definitiva, intelectualmente.

Podríamos hablar de una anti novela, pero, por sobre todo, de una anti historia. La parodia de los métodos de conocimiento que la obra de Flaubert desarrolla encuentran su asidero en el siglo de las ciencias naturales, en el primer impulso que la biología, la química y sus disciplinas coadyuvantes plantean como un paradigma para otras ciencias o disciplinas de estudio en camino de serlo. La próxima lingüística naciente bajo los auspicios intelectuales de Ferdinand de Saussure fraterniza con las ciencias naturales casi de manera absoluta. Flaubert vive ese momento, ese discurso académico de impiedad empírica ante toda otra forma de conocimiento, y escribe una obra en la que la lógica descriptiva de la observación científica se convierte en una masa gelatinosa sin esencia, es decir, en un pastiche que multiplica la verborrea sin sentido. Consignemos, además, que la citada novela no está concluida, de acuerdo con el plan original del escritor francés, por lo que su imposibilidad se torna, literalmente, en la muerte del escritor.

En la vereda opuesta, la historia como ciencia se moldea hacia una preceptiva de fundamentaciones propias, pero se contamina de ejercicios literarios que la acercan a la literatura realista. Esto tiene su fundamento bien apreciable en el abandono que la literatura realiza de la trama lineal, de la narración sincrónica, de la materia narrativa básica de introducción – nudo – desenlace que parece disolverse en el océano de las palabras en juego sin enraizamiento narrativo: unas décadas más tarde, Proust lleva al paroxismo la narración fuera de toda argumentación, y Joyce hace estallar por los aires los esquemas de la materia narrativa con la fluidez de la cadencia inconsciente. En ese persecución de dos discursos enfrentados, la historia gana literatura, y la literatura abandona el territorio del argumento.

Pero no nos quedemos con ello solamente, hacia mediados de la década del cincuenta del siglo pasado, la historia ingresa en la microhistoria lo que la acerca más al relato puntilloso de la omnisciencia ficcional. La pequeña anécdota de un panadero del Friuli en la Italia del siglo XVI permite a Carlo Guinzburg imaginar qué se pensaba en esa época sobre el universo. Ya que, como lo dice un artículo de introducción fácilmente hallable: 

El queso y los gusanos es un libro paradigmático de la corriente conocida como microhistoria por el hecho de reconstruir la biografía de un personaje de las clases populares, que en condiciones normales hubiera estado condenado al anonimato, a no dejar ninguna traza en la historia. Gracias al hecho de que Menocchio se formase unas ideas sobre la religión y el origen del mundo originales, y de que fuese juzgado por ello por la Inquisición, quedando de esta manera documentos escritos, le fue posible a Ginzburg reconstruir su vida, sus opiniones y el mundo en que vivió. Además el trabajo del queso y los gusanos, es una forma de dar a conocer la historia regional de tal manera que fue un impacto mundial llevándola o convirtiéndose en una historia completamente mundial.”

¿Entonces? ¿Es tan grande la distancia? Cuando nos referimos a los estudios de la antigüedad, ¿acaso los historiadores no se fundamentan en Gilgamesh, en la Ilíada y la Odisea, en Los trabajos y los días, (claros ejemplos poéticos), para sustentar su análisis de aquellos momentos? Si la fantasía narrativa proveyó a los poetas de imágenes idealizantes, de recursos coloridos, o de tortuosos rencores contra los héroes, esas investigaciones lo único que pueden transmitirnos es el mundo personal del poeta. Imaginemos que este mundo se destruye, y que lo único que se salva de nuestras bibliotecas es un conjunto de cuentos de Borges, digamos, “Ficciones”. Y ahora imaginemos que un grupo de alienígenas llega y logra descifrar esos textos. ¿Qué serán para ellos El jardín de senderos que se bifurcan, o los otros textos? ¿Historia? Me gustaría saber qué pensarían, para sentir lo mismo que Homero, Hesíodo o el anónimo babilonio estarían sintiendo ante nuestras lecturas.